El libro se trataría de esta novela. Sería publicado como una novela o_o qué emoción. Muchísimas gracias de nuevo a todos por pasarse, y por dejar su huella. De veras es algo importante, ya saben por qué. ¡¡¡¡¡MIL GRACIAS!!!!!!
Capítulo 55.-
A la mañana siguiente, Frank se dio una ducha a las siete y media. Se vistió de un pantalón oscuro, una franela negra y una chaqueta marrón. Se veía muy apuesto y decente.
Abrió el garaje con el método corto, presionando el botón del control tamaño llavero que abre y cierra el portón.
Encendió su auto, girando las llaves en el pestillo, y lo condujo al exterior. Volvió a presionar el botón, esperando a que el portón termine de cerrarse para irse.
Pasó por la autopista camino a casa de Jamia, sin mirar mucho a las aceras, repletas de tiendas. En una esquina, se fijó en un abasto que no suele visitar. Pensó en su madre. Ella es amante de las uvas.
Se detuvo en aquella esquina, y caminó hasta el interior del abasto. Pasó rápidamente por los angostos corredores llenos de alimentos, hasta encontrar la sección de frutas. Entre las fresas y parchitas, tomó un pequeño envase cuadrangular de plástico transparente, que contenía abundantes uvas grandes y púrpuras. Eran tres racimos colmados allí metidos.
Pasó por la caja, y lo compró sin bolsa para que se viera mejor. Lo llevó hasta su auto, abrió la puerta del conductor, y lo acomodó en el portavasos. Luego se ensambló en el asiento, y pasó el cinturón de seguridad. Metió las llaves en el pestillo, y las giró de nuevo. Pisó el acelerador, directo a su destino.
Al llegar a casa de Jamia, tocó corneta una vez, brevemente. Esperaba que Jamia saliera.
No hubo movimiento. Volvió a tocar la corneta, de nuevo sin cambio alguno. Apagó el auto, se quitó el cinturón de seguridad, y abrió la puerta a su lado.
Se dirigió a la puerta de la casa, tocando el timbre una y otra vez. Presionó constantemente el botón de la resonancia, escuchando el ruido que hace, pero sin notar movimiento en el interior del hogar. Se obstinó, y pegó su dedo pulgar al timbre sin separarlo en ningún momento, provocando un sonido molesto, fuerte y revoltoso.
Después, la cara de Jamia, floja y fastidiada, se asomó por una ventana. Irritada, abrió la puerta al reconocer al perturbador visitante. Frank se dio cuenta de que estaba en bata; de esas que se utilizan para dormir.
-- ¿Por qué el alboroto? -- Preguntó Jamia con ganas de matarlo.
-- Son las ocho en punto. -- Informó Frank, demostrando ser juicioso al no enojarse por el comportamiento de Jamia.
-- ¿Y qué diablos quieres que haga?
-- ¡Se te olvidó! ¡No sé porqué siento que ya lo sabía! Jamia, hoy vamos a decirle a mis padres sobre el compromiso. Te lo dije, te lo dije.
-- ¡Ay, qué fastidio!
-- Sabías que debíamos desayunar con ellos, y que esto era importante para mí. Incluso debería serlo para ti. -- Repuso Frank con mucho disgusto y decepción.
-- Pues quiero dormir, y si voy ahora a la casa de tus padres, no descansaré. Ayer pasé todo el día trabajando.
-- Jamia, -- Le dejaba bien claro, inclinándose al enojo-- yo estaba contigo cuando "trabajaste". Lo que no es lo mismo, yo te arreaba. Y no podemos ir más tarde, porque si vamos a darles una noticia explosiva, que sea de la manera en que a ellos les gusta. Un desayuno. -- Aquello último lo dijo sumisamente, demostrando mucho respeto a sus progenitores.
-- Te vas a casar, y ya. No es nada explosivo.
-- Oh sí, sí lo es. Ellos están acostumbrados a aquella novia que querían de verdad, y con la me veían futuro. No sólo sabrán que ella ya no existe, sino que me casaré con otra. ¡Son mis padres! Métete eso en la cabeza.
-- Y tú métete en la cabeza que no estoy para servirte.
Hubo un silencio.
Frank lo rompió con mucha firmeza.
-- Yo te he servido, te he comprado tus antojos, te he aceptado todo lo que haces, y si quisieras presentarme a tu familia, iríamos sin dudarlo. Si quieres complacerme aunque sea en lo más mínimo como tu prometido que soy abre la desgraciada puerta y arréglate como si fueras a ver a la reina Isabel III.
No hubo más palabras. Jamia abrió la puerta amargada y de mala gana. Frank pasó al interior de la casa, y se sentó en el mueble más cercano.
-- Por favor, apúrate. -- Pidió demostrando lo importante que era.
Jamia lo ignoró, y siguió de largo su camino al baño.
Luego de darse una ducha, y arreglarse de manera presentable, Jamia salió con Frank al frente de la casa. Cerró la puerta de entrada y le pasó el seguro, continuando la caminata hasta el carro de Frank.
Se ensamblaron en éste. Frank encendió el motor, pero no arrancó sin antes revisar las uvas. No vaya a ser que se calentaron demasiado.
-- ¿Qué son? -- Preguntó Jamia en tono bajo y amargo, al ver la observación que hizo Frank a aquel envase transparente.
-- Uvas.
-- Mm... dame un racimo.
-- Disculpa, son para mi madre.
-- Pero yo quiero. -- Objetó.
-- No, Jamia, éstas no. Camino de regreso podemos comprar otras.
-- Dijiste que habías comprado mis antojos. Déjame decirte que no lo estás haciendo. Y recuerda que estoy embarazada.
-- Lo sé. -- Dijo frustrado. -- Lo tengo bastante claro. Ese hecho lo tengo en mi mente todo el día y toda la noche. Pero aún así no te daré las uvas de mi madre. Sé que tienes antojos, y no te preocupes, los compensarás luego, pero compórtate en casa de mis padres.
-- Jum. -- Refunfuñó.
Frank golpeó con sus nudillos la puerta de la casa de sus padres. Esperaba con la posición correcta, con la espalda recta, y la pequeña caja en mano. A su lado, Jamia estaba indiferente. Frank esperaba que se comportara mejor una vez que estén adentro, para que a sus padres se les haga más fácil asimilar las cosas.
Se percibió cierto sonido cuando el seguro de la puerta fue quitado. En ese momento Jamia acomodó su espalda a recta, posición perfecta, sonrisa pulcra. Así la vio la señora Iero.
-- Hijo. -- Saludó Linda Pricolo con sorpresa.
Seguidamente tomó su rostro, y le dio un beso en una mejilla.
-- Hola, mamá. -- Respondió él, con sensatez y afecto.
-- Jamia. -- Expresó la señora casi preguntando.
Su extrañez era grande, pero su educación más. La saludó, con mucha extrañeza un poco disimulada. La iba a dejar pasar a la casa, con gran cortesía, ya que está segura de que Frank le explicará qué hace ella aquí.
Se arrimó a un lado de la puerta, para dar paso a la pareja.
-- Señora Iero, ¿cómo está? -- Preguntó Jamia con un gesto inocente y agradable.
-- Muy bien, gracias. -- Respondió ella de la misma manera.
Frank no quería pensar mal de Jamia por su repentino cambio, así que confió en que se alegró al ver a su madre. Se animó a preguntarle a ésta por su vida.
-- ¿Cómo has estado estos días, Linda?
-- Todo ha estado bien. Todo tranquilo. ¿Y cómo has estado tú?
Frank tragó saliva. Pensó en la respuesta real que no le diría. "Bueno, en realidad he estado muy estresado planeando mi boda".
-- Bien, supongo. -- Se decidió a decir tras un silencio pensativo.
-- (Jamia) ¿Y qué hacen?
-- Poniendo la mesa. Oh, llegan a tiempo para el desayuno. -- Les invita amablemente.
-- Muchas gracias. -- Correspondió Frank, soltando una mirada cariñosa.
Se estaba olvidando de los nervios. Era el momento adecuado para acordarse de lo que lleva en las manos.
-- Ah, sí, te traje esto. Sé que te encantan.
Mostró el envase de uvas.
-- Ay, hijo, muchas gracias. -- Reaccionó con emoción.
Frank se las dio, y ella lo tomó lentamente, estudiando la caja. Posó sus manos en un borde, y despegó la tapa. Arrancó una uva de uno de los racimos, y se la llevó a la boca.
-- Deliciosa. -- Informó saboreándola con discreción.
-- Cariño, ¿quién llegó a la casa? -- Preguntó Cheech Iero acercándose a la entrada. Abrió más sus ojos al ver a Frank, en muestra de simpatía, mientras sus labios enarcaban una sonrisa.
-- Frankie. -- Dijo en tono alegre. -- ¿Cómo estás, hijo?
Se acercó con un aire familiar.
-- Bien, papá. ¿Cómo estás?
El señor llegó a él, con los brazos abiertos. Se dieron un abrazo.
Mientras se frotaban la espalda en señal de afecto con una sonrisa en el rostro, Jamia miraba fijamente a Linda, con los ojos entrecerrados intimidantes, mientras ésta no se daba cuenta por estar contemplando a padre e hijo. Arrancó otra uva del racimo, y se la llevó a la boca. Jamia estudió cada movimiento de ella con la mirada amenazante, percibiendo con exactitud la mordida que le dio a la uva. Logró cambiar esa mirada por completo cuando Linda volteó a ella. En ese momento, ya su mirada era serena y dulce. Le sonrió con mucha falta de naturalidad y sinceridad.
En la mesa redonda servida de suculenta comida preparada por Linda, estaban sentadas las dos parejas, aún sin tocar los alimentos. La comida estaba dispersada ordenadamente. El pollo en el centro, a los lados las dos ensaladas; una agria de vegetales, y otra suave de gallina, el puré de papas en frente, el pan detrás en una cesta, y el jugo de fresa en un borde.
-- Madre, esto está como para un almuerzo.
-- Lo sé. -- Respondió muy confiada. -- Estoy probando el libro de recetas, y no esperé hasta el mediodía. Hoy cociné pollo a la vinagreta.
-- Jamás había escuchado algo así.
-- No digas nada hasta probarlo.
Frank tomó la ensalada agria, y se sirvió una porción.
-- Y díganme, -- Indagaba Cheech-- ¿a qué se debe esta inesperada visita?
Los jóvenes se quedaron en silencio.
-- No me malinterpreten...-- Repuso-- sólo quiero saber si hay algo que quisieras decirnos, Frank. Pero tranquilo, esto es agradable.
Frank se preparaba para hablar. Subió un poco la cabeza, y aclaró silenciosamente su voz. Cheech estiró sus brazos, con un cuchillo. Con una mano tomó un muslo del pollo; y con la otra lo cortó. Seguidamente se lo llevó a la boca.
-- Padre, madre, -- Formalizaba Frank-- como ya la conocen, esta es Jamia Nestor... mi prometida.
Inmediatamente Cheech dejó de masticar. Linda se quedó completamente inmóvil, con la mirada clavada en Frank. Tanto Jamia con Frank se lo esperaban. Es una reacción chocante, pero entendible.
El silencio se prolongó más de lo que Frank hubiese querido. Cheech terminó de masticar el pollo sólo para tragar. Linda seguía sin moverse, pero bajó la mirada. Cheech estaba dispuesto a hablar.
-- Esto es realmente sorprendente. Ella es tu ex novia... y tenías una novia muy linda. ¿Qué pasó?
Linda suspiró de manera entrecortada. Acomodó un poco su cuerpo para alejarse de aquella tensión.
-- Sí, hijo. -- Continuaba la idea. -- Explícanos qué pasó con Ana.
-- Bueno...-- Vacilaba-- terminé con Ana, y volví con Jamia.
Tomó la mano Jamia de. Era por educación ante sus padres, y para lucir convincente.
-- (Linda) ¿Pero por qué terminaste con Ana?
Arrugó su frente, expresando claramente que esto le parece fuera de lugar.
-- ¿Y cómo volviste a enamorarte de Jamia? -- Objetó Cheech.
No parecían aceptar el hecho de que Frank ya no esté con Ana, lo que era apoyado por el hecho de que estaban muy confundidos por tal noticia.
-- (Cheech) ¿Y se van a casar tan pronto?
-- (Linda) ¿Estás seguro de esto? Sin ofender, cariño. -- Se disculpó con Jamia.
-- Padres, -- Les calló Frank cautelosamente. Se detuvo antes de proseguir con la oración -- por favor.
[Silencio]
-- ¿No se alegran por mí? -- Señaló.
Los Iero se miraron paralizados, con los ojos abiertos de par en par. Pero tan plenamente sorprendidos, al fijarse en la preocupación del rostro del otro, fue como mirarse a un espejo. Pensaron que estaban siendo injustos al reaccionar así frente a los jóvenes. Las arrugas en sus rostros se desvanecieron lentamente, y sus gestos se relajaron. Linda volteó primero hacia los prometidos.
-- Claro que sí nos alegramos, hijo.
La incomodidad se tornó a alivio de parte de todos menos Jamia. Ella era la única que no estaba tiesa ni incómoda, sin preocupación alguna. Los demás sí; Frank, esperando la reacción que tendrían sus padres, ellos, por el hecho de que su hijo se case radicalmente.
-- Ella también es bonita. -- Se consoló Cheech.
No fingía cuando lo dijo, pero tampoco hablaba completamente en serio. Comparar a Jamia con el atractivo y hermosura que posee Ana es algo muy difícil.
Linda se llenó de sentimiento. Se dio cuenta verdaderamente de que estaba en frente de la prometida de su hijo.
Estiró su brazo suavemente, y lo posó en el rostro de Jamia. Lo acarició delicadamente, con el cariño familiar con el que debía hacerlo como madre. Lograba olvidarse de Ana. Cheech, en cambio, no la sacó de su cabeza. De todas formas fue muy amable con Jamia, aceptándola.
Comenzaron con el desayuno-almuerzo. La reunión se tornaba cálida y encantadora. Jamia se ganó de nuevo la simpatía de los señores. Resultó ser aceptable a sus ojos.
Por supuesto, no era totalmente acogedora ni "normal" la situación, pero era mejor de lo que Frank esperaba.
-- Fue un placer comer con ustedes. -- dijo Jamia, terminando de devorar el puré.
-- Igualmente, querida. -- Correspondió Linda.
Se despidieron, y Cheech acompañó a Frank y a Jamia a la puerta. Le dio un abrazo de despedida a su hijo, y abrazó también a Jamia. Ella no abrió sus brazos, ni tomó su espalda durante el abrazo. Ni siquiera se movió.
Se fueron los jóvenes, dándole espacio al señor para volver a la mesa donde Linda aún seguía sentada. Notó su gesto esperanzado.
-- ¿Crees que vayan a ser felices juntos?
-- Claro. -- Dijo un poco indignada. -- Se ven muy bien juntos. Estoy feliz.
El argumento fue expresado con un tono de voz seguro, pero un gesto no cien porciento convencido. Cheech quería creerle, pero la conoce demasiado.
-- Estás mintiendo.
-- No es cierto. -- Revotó.
Cheech la miró pretenciosamente.
-- A ver, y tú ¿qué opinas? -- Linda volteó la situación.
-- No lo sé.
Linda se sorprendió por la honesta e inmediata respuesta de su esposo.
-- Es que... esto es muy extraño. Creo que aquí hay gato encerrado.
-- Cheech. -- Le reclamó.
-- En serio. Jamia es agradable y todo, pero ¿por qué terminaría con aquella chica tan sencilla y dulce para estar con ella?
-- Tal vez quería una chica más madura.
-- Ana era más madura. Y cuando la aceptaste, se mostró mucho más feliz, sensatamente. Es como si nuestro hijo fuera de verdad lo más importante para ella. Jamia está bien, la acepto, pero algo aquí no me cuadra.
Linda lo miró con aceptación. Era un argumento válido. Se levantó de la silla, y al llegar a él acarició su espalda.
En el camino al auto, Jamia tomó de nuevo la mano de Frank. Frank no la soltó, pero se sintió mucho más incómodo de lo que podía haber imaginado. Su rostro de frunció con seriedad y desagrado, cuidando de que Jamia no lo vea.
Se acercaba el mediodía. Ana se dio una ducha, vistió y arregló para la conferencia. Parada frente al espejo de la peinadora, acomodaba su correa sin pensar en otra cosa sino en qué rayos se basaba esta conferencia. ¿Sería una noticia? ¿Una propuesta? ¿Un beneficio? ¿Una consecuencia de su trabajo? O algo más remoto, ¿Un asenso? Seguía intrigada, y cada vez más. Decidió no perturbarse, ir fresca, permitir que por primera vez la tomen por sorpresa. Intentando convencerse de esta teoría, la practicaba camino a Central Place.
El celular ya le estaba hartando, y por eso había decidido dejarlo en el apartamento.
Pendiente de las luces cambiantes de los semáforos, ella lograba ver que muchas de las personas hablaban por teléfono. Analiza. Se dirige a una conferencia con sus jefes, y no tiene idea de de qué van a hablar. Tal vez quieran establecer comunicación con su teléfono. Sí, se convenció, y dio vuelta en "U". No había transitado mucho, así que sólo perdería un par de minutos.
Al llegar a su apartamento, buscó rápidamente el aparato, y así mismo se devolvió al pórtico. Abrió la puerta del conductor de su carro, se acomodó en el asiento, y se pasó de nuevo el cinturón de seguridad. A punto de emprender marcha, creyó ver a uno de sus ex compañeros de la universidad corriendo a lo largo de la acera con dirección a la segunda cuadra de la serie de apartamentos. Pisó el acelerador suavemente, recorriendo la cuadra para llegar a él.
-- ¿Joseph?
-- ¡Ana! -- Exclamó, cansado por todo lo que había corrido.
Ella detuvo el auto. Se quitó el cinturón de seguridad, y se bajó del auto. Corrió hasta él.
-- ¿Qué haces aquí? Digo, ¡hola!
Se dieron un breve y cálido abrazo.
-- Estás empapado, amigo. -- Le informó. -- ¿Qué pasa?
-- Vine a buscarte. -- Respondió jadeando.
-- ¿Y eso? ¿Pasó algo?
-- Bueno, vamos a hacer una maqueta, y necesitamos quien nos organice. Todo allá es un desastre.
Tomó aire profundamente, porque había dicho muchas palabras sin respirar.
-- Ay, discúlpame, pero...
-- Vamos, tú sabes hacerlo.
-- Pero tengo una conferencia.
-- ¿Una qué? ¿Qué edad tienes tú? Nosotros jamás hemos hecho una conferencia. Yo ni siquiera tengo trabajo.
Ana rió encogidamente.
-- Por favor. --Suplicó.
Ana pensó un poco. Si necesitan de su ayuda, seguramente se trataba de un profesor muy exigente. Miró el reloj en la muñeca de Joseph, y supo que aún tiene un poco más de media hora.
-- Bien, pero será rápido.
-- ¡Gracias!
-- No hay problema. ¿Dónde es?
-- Aquí, -- Señaló Joseph hacia atrás con su brazo. La dirección no era demasiado lejana-- a cinco cuadras.
-- Vamos en mi carro. -- Prospuso.
Joseph caminaba lento para respirar mejor, dirigiéndose al vehículo.
-- Apúrate.
Ana no quería ser incomprensiva, pero si quiere ayudarles, debe agilizar el tiempo. Se sentaron en los asientos delanteros, y cerraron las puertas. El auto arrancó, con dirección dirigida por Joseph. Cuando Ana ya había emorizado el destino, hubo un silencio en el que se escuchaban las ruedas del auto.
-- Esto es raro. --Señaló él.
-- ¿Qué cosa?
-- Qué esté en un auto, y sea la chica quien conduzca.
-- Machista.
-- No, no... hey. -- Se interrumpió. -- ¿Qué tienes aquí? -- Preguntó señalando la guantera.
-- ¿Allí? Nada.
-- Oye, yo inventé ese truco.
-- Bien...-- Admitió.
Joseph abrió la guantera, y registró lo que contenía, curioso como solía serlo en la universidad. No se le hizo difícil encontrar el juego de llaves que tenía un solo instrumento metálico. Lo sacó y estudió.
-- ¿Qué es esto?
Al terminar de preguntar, se dio cuenta de que la respuesta era obvia.
-- Un juego de llaves. -- Respondió Ana educada pero irónicamente.
-- ¿Y por qué tiene una sola llave?
-- Porque sirve para una sola puerta.
La ironía estaba muy bien disimulada.
-- ¡No me tomes el pelo!
Risas.
-- Es la llave original de mi apartamento.
Sacó su preciadísimo llavero de Leathermouth del bolsillo.
-- Aquí tengo la copia, además de la llave de mi cuarto, de los baños... todas las de mi hogar.
-- Interesante. Quiero ver ese llavero. -- Pidió.
-- Ten. Cuídalo con tu vida.
Se lo pasó, girando el volante porque ya casi habían llegado.
-- Está súper.
-- Gracias. Son Leathermouth, una banda increíble.
-- Los escucharé.
-- Qué bueno. Ahora bajémonos, que ya llegamos.
Se bajaron velozmente. Era un gran garaje abierto donde los estudiantes estaban de pie, intentando ponerse de acuerdo, pero aparentemente que no lo lograban.
-- Te lo dije. Un desastre. -- Recordó Joseph ante la discusión de los demás.
Ana los miró desde afuera, recordando los viejos tiempos en las aulas. Se sintió feliz de volver a verlos, pero no se arrepiente de haberse retirado de la universidad.
-- Jefferson, Elena, Alan. -- Repasó sus nombres con facilidad.
No duró mucho tiempo afuera, y entró corriendo junto a Joseph.
Elena y Alan reñían por cómo se haría el techo de la fábrica, y Jefferson intentaba calmarlos. Ana reconoció el timbre de sus tonos de voz. El de Elena tan alternativo, el de Jefferson apacible, y el de Alan mandamás.
-- Chicos... llegó Ana. -- Anunció Joseph.
Nadie le prestó atención.
-- (Elena) ¡Te estoy diciendo que así queda mal, Alan! Pero tú nunca me escuchas.
-- Pero ¿cómo vas a saber que queda mal si no lo has probado?
-- Porque el año pasado...
-- (Jefferson) Muchachos, por favor...
-- (Joseph) ¡Hey! Ya cállense todos. Giren sus malditas cabezas para acá. ¡Ya llegó Ana!
Todos voltearon sorprendidos.
Elena fue la primera en venir a darle un abrazo. Los demás se acercaron después, más tímidos.
-- (Elena) Chica, nos abandonaste sin decir ni una palabra.
-- Lo siento mucho, estaba con lo del Project Revolution...-- Explicaba Ana.
-- (Jefferson) ¿Fuiste?
-- Sí.
-- (Alan) ¡Wou! Súper.
-- ¿Cómo siguen las clases? -- Preguntó Ana; no sólo porque le importen sus compañeros, sino también para saber si ha habido cambios.
-- Pues... déjame ver. -- Pensaba Alan. -- El viejo Lennon está más cool. Ya no manda tanta tarea.
-- ¿El profesor Lennon? -- Se emocionó-- Oh, él era el mejor. Imagino que sigue siéndolo. Aw... quisiera pasar a saludarlo.
-- (Elena) Pues hazlo.
Jefferson cambió de tema bruscamente.
-- Stacy reprobó Contaduría.
-- (Ana) No puede ser.
-- En serio.
-- Ah, sí, de nuevo muchas gracias por ayudarme con esa. -- Agradeció Elena.
-- (Alan) Hudson se cortó el pelo.
-- (Elena) ¡Le quedó horrible!
-- (Jefferson) Parece una medusa.
Empezaron a reírse.
-- Disculpen, -- Interrumpió Joseph -- Ana tiene que ir a una conferencia, y tiene poco tiempo.
Los tres se sorprendieron. Ana afirmó con la cabeza, y de inmediato tomó una libreta que había en una de las dos mesas, para empezar a organizar las cosas.
-- ¿Conferencia? -- Preguntó Alan.
-- Sí, bueno...-- Respondía Joseph -- Ella es una empresaria.
- - ¿Qué? -- Se extrañaron todos.
-- No es cierto...-- Aclaraba Ana sonrojada, mientras trazaba ciertos planes.
-- Jmm...-- Sospechaba Elena.
Ana levantó la cabeza, y preguntó con la libreta en las manos.
-- ¿Cuál es el escenario de la maqueta? ¿Hay más de uno?
-- Uno solo. -- Respondía Alan -- Una ciudad, pero muy urbana. Tipo New York.
-- ¿Y cuál es el tema?
-- (Elena) Toda la electricidad que la humanidad gasta. Es decir, bombillos por todas partes.
-- ¿Incluye la energía de los electrodomésticos?
-- No. -- Respondió Joseph.
-- ¿Cuenta la luz en el interior de las casas y edificios?
-- Sí. Además de los ojos de gato de las autopistas, los postes...
-- Bien. Esto es lo que harán.
Se tomó su tiempo para formular el plan, y lo expuso. Al terminar, empezó a repartir las responsabilidades entre los integrantes, adecuándolas según convenga a cada uno.
-- Son cuatro puntos. -- Proseguía. -- Edificación: hará los planos realidad. Se encarga de todo lo que es estructura. El punto es de Joseph. Infraestructura: Se encargará de que todos tengan lo que necesiten para el trabajo. Además, éste ayudará con las bases de las casas y edificios. Para ti, Jefferson. Diseño: Se encarga de que todo luzca pulcro, realista y original. Cuida y mejora cada detalle de los demás. Todo tuyo, Elena. Por último, está el técnico: se encargará de aplicarle la electricidad a los bombillitos, de todo tipo y tamaño. El turno de Alan.
>>Con respecto a la instalación de los bombillos, son varios tipos. Los de navidad me suenan a Elena, y los grandes le convienen a Jefferson. A Alan le gustan las miniaturas, perfecto para los nano focos. Los reflectores se los dejan a Joseph. Listo. ¿Todos de acuerdo?
Todos estaban atónitos. Pasmados.
-- ¡Por supuesto! -- Aceptó Joseph. Todos se unieron.
-- (Alan) Tú sí sabes.
-- (Elena) Estuviste genial. Debiste verte.
-- En serio me asustas. ¿Cuántos años tienes? -- Preguntó Joseph.
-- (Jefferson) Gracias por ayudarnos tanto. Espero que no suene como que te estoy echando, porque en lo absoluto, pero ¿qué hay de tu conferencia?
-- God! No, Jeff, no suena así. Más bien gracias por acordarme.
Consultó la hora con su celular.
-- Aún me quedan veinte minutos. Si son diez minutos de traslado y cinco entrando al sitio, entonces me quedan cinco minutos.
-- (Elena) Ya veo por qué Lennon te quiere.
Alan lanzó una mirada presuntuosa.
-- Mm... ¿cinco minutos? -- Planeaba.
-- (Ana) Un aproximado.
-- Entonces ven a ver algo.
Se levantó de la silla, y caminó hasta la otra mesa. Buscó su bolso.
-- Mira esto.
Sacó una carpeta. Ana se extrañó, y llenó de curiosidad. Dejó la libreta en la mesa, y fue hasta Alan.
-- Bajé esta información de internet. No tenía nada que hacer, así que te busqué en algunas páginas. Hice lo mismo con Elena y Alan, pero ninguno tuvo nada tan escandaloso.
Ana estaba indagando un poco nerviosa. Alan sacó unas hojas en blanco, exámenes, ensayos... hasta que consiguió las páginas. Eran puros escritos sobre lo que se conocía mundialmente de la novia de Frank Iero. Su trabajo, sus estudios, sus talentos...
-- Eres tú. -- Recalcó con entusiasmo.
Ana quedó muy sorprendida.
-- También vi las fotos, pero no tengo tanta tinta en la impresora. --Agregó.
Ana tomó las hojas, y las leyó superficialmente. No podía creer que hasta sus propios compañeros de Harvard fueran capaces de averiguar sobre ella. Tenía muchos pensamientos, pero no tuvo oportunidad de decirlos antes de que Alan continuara.
-- Ahora hay un rumor. Lo leí en un foro.
-- (Elena) Sí, yo también lo leí. -- Se emocionó. Realmente parecía muy interesada en averiguar si era cierto.
-- La mayoría de esos malditos rumores son mentiras. -- Señaló Joseph.
-- Es cierto. -- Apoyó Jefferson.
-- Pero a mí me tiene muy intrigada. -- Expresaba Elena, entre gestos de exaltación.
-- (Alan) Bueno, mejor se lo preguntas tú. --Le respondió.
-- ¿Qué? No. -- Se negó. -- Se vería feo.
-- Se ve peor un hombre preguntando ese tipo de cosas.
-- Pero no quiero hacerlo...
-- ¿Qué cosa? -- Preguntó Ana llena de ansias. Muchos rumores suelen ser peligrosos, y si es así sería mejor aclarar las cosas.
-- (Alan) Vamos, Helen.
Elena respiró hondo. Tenía mucha vergüenza.
Ana se sintió bien por el dulce sonido del apodo de la abuela de Gerard y Mikey. "Helen".
-- Jmm... está bien. -- Aceptó.
-- Ana...-- Se acercaba temerosa Elena. --... ¿e-es-- Tartamudeó -- cierto que terminaste con Frank? -- Terminó de preguntar corridamente.
Hubo un silencio. Ana no iba a ser quien lo rompiera. Buscaron la manera de hacerlo.
-- Vamos, Ana. -- Animó Jefferson. -- ¿Qué mejor manera de saberlo que de ti?
-- Buen punto. -- Apreció Joseph.
-- ¿Quieres que leamos una gran mentira de los medios? -- Apuntó Jefferson.
-- Tal vez. -- Escogió Ana.
- - ¡No...! -- Se desilusionaban.
-- Ana, por favor...-- Rogó Elena. -- Piensa en mi nombre.
Sabe lo mucho que a Ana le gusta.
-- Tonta. -- Le nombró Ana jugando.
-- (Jefferson) Dinos.
-- (Alan) Hey, déjenla.
-- (Joseph) Si no quiere decirlo, que no lo haga.
Ana se tranquilizó por el apoyo de estos dos chicos.
-- Gracias. -- Les dijo a ellos. Luego se dirigió a los demás.
-- No se preocupen, ya lo sabrán.
Hablaron un poco más, y Ana decidió partir. Se despidió y les deseó suerte con la universidad, y mandó saludos al profesor Lennon.
Con cuatro de los cinco minutos agotados, puso en marcha el auto. Pasó por las calles llenas de tiendas, concentrada en llegar a su destino. Iba un minuto tarde, pero lo recuperó apresurando ligeramente el paso. Finalmente llegó al borde de ir tarde. Todos ya habían llegado, pero sólo conversaban libremente.
Pasó a la oficina, aliviada de no ver al apuesto manager, porque así no sabría que llegó ligeramente tarde. Quería quedar bien con él, y además jamás había llegado tarde.
Saludó a Swan y a Hunter, quienes estaban más emocionados que nunca. Su alegría le ponía nerviosa. ¿Qué podrá ser?
Siguió sus pasos, y caminó un poco más hacia donde estaban las otras pocas personas presentes. Conversó un poco con ellas, y se devolvió a donde estaban Swan y Hunter. Se sentó a su lado, los tres esperando al manager.
Estaban en el mismo lugar de la mesa, centrados, como si ellos fueran el centro de atención.
El manager abrió la puerta. Todos en la oficina se levantaron.
-- Buenas tardes. -- Saludó. -- Tomen asiento.
Todos se sentaron, los tres colegas de maquillaje esperando la propuesta mirando fijamente al manager.
Tenía puesto un traje formal color gris, y una corbata roja, que combinaban perfectamente. Su oscuro cabello estaba arreglado de forma desordenada y perfecta, un peinado moderno y juvenil, que hacía notar que aunque no es un muchacho, es muy guapo. Despedía un olor muy pulcro y agradable, esencia de hombre.
-- Me alegra que hayan asistido los tres. -- Les dijo. -- Es algo muy importante.
Swan sonrió de forma tonta y derretida, y Ana disimuló mejor con su amplia y encantadora sonrisa. Hunter las miró con envidia. Sabe que no es tan galán como el manager.
Mientras el manager tomaba asiento, Ana se decidió a preguntarle en voz baja a Swan por qué la emoción sobre esta conferencia, en parte para hacerla reaccionar.
-- Rachel, ¿qué sucede? ¿Por qué estás tan inquietada?
-- Es que yo voy a aceptar. -- Le susurró.
Ana sólo se extrañó aún más.
Una secretaria llegó a la oficina sosteniendo una bandeja llena de tazas de café. Las repartió, y se retiró. Ana le dio un sorbo silenciosamente, notando lo caliente que estaba. El manager lo probó, pero lo posó de nuevo sobre la mesa para levantarse. Así empezó a exponer la proposición.
Cuando la conferencia tenía media hora de empezada, la propuesta ya estaba bien explicada.
Se planteó que ellos tres, los mejores maquillistas que tuvieron durante su estadía, siguieran trabajando definitivamente con Rammstein. Se fueran a vivir a Alemania, con todos los gastos pagados, como los maquillistas oficiales de la banda.
-- Por supuesto. -- Aceptó Rachel.
-- Excelente, Swan. -- Felicitó uno de los asesores.
-- ¿Hunter? -- Preguntó el atractivo manager.
Se notaba que el referido tenía tiempo pensándolo.
-- Sí. -- Aceptó también.
Los asesores se alegraban.
-- ¿Black? -- Preguntó por último el manager, con un poco más de interés.
Ana se quedó en blanco. No es algo que se presenta todos los días. Sabe que iba quedar como la corta nota, y además que iba borrar el encantador gesto del manager, pero no podía aceptar por educación.
-- No sé qué decir. Es muy pronto. Mudarme a Europa...
-- Es una gran oferta. -- Le recordó el manager.
-- Sí que lo es. Totalmente. Pero creo que es demasiado. Sólo puedo decir que muchísimas gracias por elegirme, pero no.
-- ¿Está segura? -- Dijo con un aire de preocupación.
-- Sí.
Hubo un silencio.
-- (Ana) Lo siento.
-- No hay problema. -- Respondió él con seguridad.
Todos los demás en la oficina estaban atónitos y silenciosos.
-- Pero tienes un gran talento, no sólo en maquillaje. -- Proseguía el manager-- En Europa será bien aprovechado. Espero que sepas lo que estás rechazando.
-- Lo sé. -- Aseguró con resignación.
Thomas Johnson, el primer asesor de imagen que habló con Ana, no la dejaría ir tan fácilmente.
-- Pero no tendrás que preocuparte por muchos pagos, ni por conseguir artistas con quién trabajar. Y tendrás un futuro asegurado, que incluye vivienda, comida, lujos...
-- Se lo agradezco. Pero realmente no estoy interesada. -- Insistió Ana.
Hunter fue bien formal, pero Swan demostró un poco más su sorpresa por el rechazo de Ana.
-- Pero además, -- Continuó otro asesor la idea de Thomas-- si te preocupa el lenguaje, tendrás a alguien que traduzca, y si lo deseas, clases de alemán.
Ana pensó que eso era peligroso; si el traductor decía algo que no era.
-- No lo creo. -- Se volvió a negar.
-- A partir del cuarto mes tendrás acceso a los beneficios en caso de enfermedad, compromiso, embarazo, muerte o padecimiento de algún familiar. -- Informó el asistente del asesor.
-- Se te pagará por hora. -- Señaló Thomas.
-- Será tu trabajo fijo, pero no se te prohibirá trabajar para alguna otra fuente. --Agregó el manager.
-- El traductor estará contigo tiempo completo. -- Señaló el asesor que no había hablado.
-- Podrás viajar a Estados Unidos cuando lo necesites. -- Agregó el asistente.
-- (Thomas) Y podrás asistir a algunos eventos de la banda.
A Ana la invadían las ganas de aceptar. Realmente era una excelente propuesta. No habría problema en irse porque se fue a Canadá por un tiempo y no pasó nada; pero era muy pronto y drástico. Prefirió no arriesgarse.
-- Me parece perfecto lo que me proponen. En serio lo es. Pero prefiero quedarme en mi país, donde tengo más opciones.
Todos se resignaron. Los decepcionó.
Duraron otros diez minutos en la conferencia, y luego se despidieron. Los asesores tomaron sus portafolios, el asistente ordenó sus papeles y los metió en una carpeta, y el manager esperó atentamente a que todos salieran.
Hunter salió primero, dedicándole una mirada agradable a Swan, por la alegría de que van a trabajar en Alemania. Rachel lo siguió. Por último Ana se dirigía a la puerta para salir de la oficina, la cual estaba completamente vacía excepto por el manager.
-- Black. -- Pronunció el único presente. Ella se dio la vuelta.
Él sacó su billetera, y empezó a buscar algo.
Sorprendió a la mujer no sólo por pronunciar su nombre, sino porque al ella voltearse se consiguió con un hombre tan apuesto e intrigante esperando sólo por ella.
-- Si decides cambiar de opinión, -- Sacó una tarjeta-- contáctame.
Ana sonrió. Éstos no se dan por vencidos. Y tomó el pequeño documento.
-- Gracias.
El manager le sonrió de igual manera.
-- Piénsalo. -- Le sugirió el encantador manager.
Ana no prometió que lo haría, para no dar expectativas que no se cumplirían.
En ese momento iba a irse, pero decidió quedarse un rato más con el hipnotizador hombre.
-- ¿Y cuándo regresan a Alemania? -- Inició ella la conversación.
-- Pasado mañana.
Ana afirmó con la cabeza. No evitó la tentación, y quiso saber más sobre la propuesta. No pensaba aceptarla en lo absoluto de todas maneras, pero tenía curiosidad.
-- ¿Qué pasaría con los días feriados?
El manager se echó a reír.
-- Sí estás interesada. -- Afirmó con júbilo.
-- No...-- Impedía con agrado.
-- Está bien, tranquila.
Entendía perfectamente su curiosidad.
-- En los feriados no tienes que salir de la casa en todo el día si no quieres.
-- Genial-- Pensó Ana.
-- Vamos, anímate. -- Alentó él.
-- Tal vez si fuera menos decisivo. --Objetó.
-- Le tienes miedo a los retos.
-- No es cierto.
-- Claro que sí.
-- Claro que no.
Rieron.
-- Bueno, un poco a abandonar mi país. -- Aceptó.
-- No tengas miedo.
Infundió mucha confianza y cordialidad, al mismo tiempo brindando dulzura en sus palabras.
-- Allá te trataremos muy bien.
Ana sonrió encogidamente. Así ocultaría sus mejillas sonrojadas.
-- Eres muy bonita. -- Le dijo.
-- Gracias. -- Respondió un poco sorprendida.
-- Te encuentro muy competente para tu edad. A tu edad yo sólo iba a la universidad, y trabajaba sólo un poco.
-- ¿En qué trabajaba?
-- Vendía.
-- Disculpe la curiosidad, pero ¿qué vendía?
-- Cosas.
-- Dígame.
-- Es vergonzoso.
-- Pero fue hace años.
-- Bien... tenía un puesto de salchichas frente al instituto. Era muy útil lo que ganaba para pagar los estudios.
Él esperaba que ella se riera. Se sorprendió por su juiciosa reacción.
-- Qué tierno.
-- ¿Tierno?
-- Sí. No es vergonzoso en lo absoluto.
Él sonrió.
-- Además, las salchichas alemanas son deliciosas.
Se miraron con afición.
Una secretaria abrió la puerta del cuarto, y al ver al manager le dio el recado.
-- Señor, le llaman desde la disquera.
-- Diles que estoy ocupado.
-- ¿Les digo que está con su hija?
Ana y el manager se quedaron con los ojos abiertos como platos.
-- ¿Hija? -- Preguntó él.
Había demasiada extrañeza de parte de ellos dos.
-- Sí. -- Respondió la secretaria, un poco apurada por la llamada en espera.
-- No, no. Ella no es mi hija.
-- Ah...-- Hizo una pausa. -- parece.
-- ¿Por qué?
-- No lo sé.
-- Por favor, -- Pidió el manager siempre tan seductor-- dígame honestamente por qué parece mi hija.
La secretaria se conmovió con tanta belleza.
-- ¿Honestamente? --Repitió.
-- Así es. -- Respondió el manager.
Ana esperaba ansiosamente la respuesta. No entendía cuál era el parecido.
-- Porque los dos son hermosos y conquistarían a cualquier persona del sexo opuesto. -- Respondió muy rápidamente, apenas entendible, y salió corriendo de la oficina cerrando la puerta.
Ana estaba muy sorprendida, pero eso no evitó que se echara a reír. El manager también se empezó a reír.
-- Bueno, hija mía, -- Recalcó, provocando otras pequeñas risas-- supongo que tienes que irte. -- Titubeó con un poco de desencanto.
-- Puedo esperar un poco más.
"No porque sea mayor y atractivo significa que tiene que tiene malas intenciones. Podía tener tan buen corazón como un tímido estudiante". Esta teoría era cierta en este hombre.
Ana se dio cuenta de que todo lo bien que le había caído el manager durante el tiempo que trabajó con Rammstein, no era comparado a lo bien que le caía ahora. En un solo día parecieron fortalecer mucho su amistad.
-- Me parece bien. -- Aceptó él.
-- ¿Cómo aprendiste a hablar en inglés? -- Inquirió Ana.
-- Bueno... supongo que mis mejores maestros de inglés fueron las series de televisión.
-- ¿En serio?
-- Sí, estoy casi seguro de que me enseñaron más que los maestros reales.
-- Sorprendente.
--Y tú, ¿cómo aprendiste a hablar español?
-- Toda mi familia es latina. Aunque nací aquí, los visitaba, y aprendí muy fácil. Creo que se me olvidó un poco el inglés cuando me fui de aquí...
-- ¿Te fuiste? -- Interrumpió con sorpresa.
-- Sí, mi padre fue trasladado a México, con mi familia. Me fui a los catorce años.
-- ¿Y cuándo regresaste?
-- A los catorce.
El manager subió las cejas de la asombro, resaltando sus bellos ojos negros.
-- Sí, fue algo más temporal de lo previsto.
-- Bueno, yo deduzco el porqué.
-- ¿Por qué?
-- Porque Dios no quiso dejar a Estados Unidos sin una mujer tan hermosa.
Ana se ruborizó. Era el tipo de cosas que le decía su querido padre Edward. Aunque si no conociera tanto al manager, le causaría extrañeza.
-- Dime una cosa. -- Intimó.
-- Te escucho.
-- ¿Por qué no me has dicho tu nombre?
Él suspiró.
-- Porque pocos lo saben. Sólo se preocupan por el nombre de la banda.
Parecía triste.
-- Yo no soy así. -- Le consoló. -- Quiero saber tu nombre.
-- Eso es bueno. -- Compensó. -- Mi nombre es Heinz; pero puedes decirme Stu.
-- No puedo creer que haya pasado un mes y no hayas querido decir tu nombre.
-- Así soy yo.
Ana formuló una nueva pregunta.
-- ¿Por qué "Stu"?
-- Fue lo primero que me ocurrió, pensando en tu acento gringo.
Ana pensó que es un buen punto. En esa pausa, el guapo manager dijo encogidamente, inspirando un calor familiar:
-- ¿Te digo algo?
-- Soy toda oídos.
-- Si estuviéramos en Alemania, te diría el secreto de hacer buenas salchichas.
Ana rió encogidamente.
-- ¿Cuál es?
-- No señor. -- Impidió. -- Sólo te lo diré si te vienes con nosotros a Alemania.
-- Buen intento. -- Apreció.
MCR 'TIL DEATH..........................................................By: wayrocks